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viernes, 28 de octubre de 2016

Una travesía

Latente vuela el espíritu
entre mágicas ilusiones,
sin detenerse,
sin mirar atrás.

Ávido por encontrar
“algo que no conoce”,
destino imaginario
que aquiete su ansiedad.

Y aun pleno de libertad
anhela una parte del todo
e ignora la fortuna
de su sueño fugaz.

Entonces detiene la impetuosa marcha
y encarna a la vida con ganas de amar;
y bebe del dulce néctar materno
y sufre del tierno rigor paternal.

¡Qué gran aventura!
Un valle de emociones,
un río que riega sentires a su andar,
y el tesoro de placeres que guardan las colinas…

La dulzura del amor
atrapa al corazón
que sedado y absorto
quiere disfrutar.

Y se envenena la intuición
de condicionados frutos,
de retos forzados,
de falsos destellos.

Ansiosa se agita el alma
y vadea fronteras,
se bate sin miedo
en el frío pedernal.

Mas no se siente pura
ni merecedora de caricias;
ni las nanas que le complacían
quiere volver a escuchar.

Párvulos temores
transmutan veloces,
ponen en escena
al diabólico azar.

Desaparece la ternura,
la alegría viene y va;
“el cándido paraíso
revela su oscuridad”.

El ego toma las riendas
y lleva la cabalgadura
a su antojo
por un sendero irreal.

Camino de mentiras,
de desasosiego,
laberinto de equivocaciones
de torpe saciedad.

¡La luz permanece encendida!
El calor de un corazón aparece
y junto con el brillo de unos ojos
de nuevo al alma han de cautivar.

Cuna que incuba el renacer,
que devuelve el aliento,
que ahoga en su bálsamo al dolor.
¡Otra oportunidad!

Se encienden las llamas del amor.
La vida quiere continuar
y pequeñas chispas saltan
avivando la hermosa pira.

¡Son los hijos!
Sagrado aliciente,
oportuna redención,
último llamado.

La calma parece reinar
y el ser aclama la vida;
el tiempo es único,
perderlo fatalidad.

Y la soberbia se oculta
temerosa de la nobleza,
silenciosa se camufla
entre caricias de lealtad.

Las tiernas chispas del amor
crecen como llamaradas
y llegan tan alto
que pueden quemar.

Quizás no lastimen,
quizás no envilezcan
y tan solo entibien
el sueño de hogar.

Raudo corre el tiempo
sin pena ni tregua,
se fatiga el cuerpo
y las ganas se van.

Los ojos cansados
buscan la belleza
que guarda un pasado
de trépido afán.

La soledad ronda la vieja morada
y el calor se extingue,
despojos del reino
transforman en irónica vanidad.

Valiente el alma
oculta sus miedos
y esgrime virtudes
que jamás tendrá.

La vieja soberbia
deja su trinchera
y ataca cobarde
a la realidad.

Rompe sin cautela
finas ataduras
hiladas de amores
y necesidad.

El cristal se quiebra,
la piel se marchita
y se anega en llanto
el tramo final.

Pobre del espíritu
que preso en su hazaña
anhela el espacio
de su libertad.

Y lucha sin cesar
contra la nada,
ofrece a Dios su ser
en el “más allá”.

Se aferra a la vida,
saborea el pasado,
pero mira hacia el cielo
queriendo volar.











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