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lunes, 22 de septiembre de 2014

¡Ay, de aquellos viejos!

Caballeros galantes
y refinadas damas,
que otrora resplandecían
de juventud.
Impecable vanidad
de espíritus altivos,
satisfaciendo propia
y ajena banalidad.
Carnes frescas,
grandes fortalezas,
osadas acciones,
candente emoción.
Huellas profundas en la arena
desafiando las olas,
la furia,
la adversidad...
Desdeño del tiempo.
Excesos que rompen
el umbral
a marcha forzada.
Y el camino…
Se hace pedregoso
y empinado.
Inevitable, además.
Marchita la piel,
ronca la voz,
pequeños los huesos,
triste el corazón.
Ahora, son:
Viejos repugnantes
y agotadas ancianas,
que fastidian la juventud.
Aferrados a su dignidad.
Dolidos espíritus
pretendiendo
algo de amor.
Débiles forros
de viejos divanes
que se desgastan
en la inercia.
Pasos temerosos
de arrepentimiento
en busca
de seguridad.
Arraigo intenso,
al penitente
paso
de los días.
¡Dolor y más dolor!
Ante el desprecio,
la indiferencia
y la soberana vanidad.
Y hoy, a ellos,
los caballeros galantes
y las refinadas damas,
se le mira con piedad.
Y la esencia
que otrora resplandecía
de juventud
con tanta intensidad.
Se desvanece
en el tropel
de nuevos ímpetus,
de radiantes vidas.
Enloquecidas  de afán,
embriagadas de frescura,
ciegas de vanidad;
¡ellas ignoran a donde habrán de llegar!